MANUEL MOLINA ESTEPA

Manuel nació en Andújar, feligrés de la parroquia de Santa María la Mayor de esta ciudad. Su padre era de profesión zapatero.

Realizó sus estudios en el Seminario de Jaén, como alumno externo, residiendo en el Hospicio de Hombres, quizá con un trabajo compatible, siendo compensado con la manutención y estancia. En el expediente para tonsura, órdenes menores y subdiaconado (1903) el Obispo de Sión, Pro-Vicario Castrense, certifica que ha tenido conducta ejemplar durante “los años 1899 a 1901”, es decir, durante “su permanencia en el servicio” militar.

En los expedientes de órdenes, declaró como testigo Tomás Agapito Hernández y Esteban, Capellán del Hospicio, que “conoce al solicitante desde hace 10 años…y que tiene ese gesto de caridad fraterna de comprometerse a atender, con sus bienes y acciones, tanto lo que posee en la actualidad, como los que pueda poseer en lo sucesivo, a la congrua y honesta sustentación del mencionado Manuel Molina Estepa, con el fin de que pueda ascender a las Sagradas Órdenes”.

Un testigo del expediente del presbiterado declara: “Que es de buena vida, fama y costumbres, honesto y virtuoso y honrado, aficionado al culto divino en el que ha tomado parte vistiéndose de diácono en las misas mayores”.

DATOS DE INTERÉS

Estado

Sacerdote

Edad

58 años

Nacimiento

Andújar, el 22 de junio de 1878

Ordenación presbiteral

el 24 de septiembre de 1904

Ministerios

Presbítero en la parroquia Santa María Magdalena de Jaén, Regente de la parroquia Santa María de Torredonjimeno, Presbítero en Segura de la Sierra y Orcera, Párroco de San Francisco de Linares (desde 1933)

Muerte

Sitio “Las Canteras”, en el cementerio de Linares, el 19 de agosto de 1936

RESEÑA

MARTIRIO

El día 25 de julio de 1936 lo detuvieron y con una ruidosa comitiva lo condujeron a prisión, golpeándolo violentamente con una alpargata, rompiéndole el labio y lastimándole el ojo, por el hecho de ser cura, tal y como proclamaron. Le obligaron a caminar con los brazos en alto, siendo rodeado de un tropel de milicianos, que se burlaron y rieron de él. Una miliciana le retorció los testículos, lo que le hizo caer por el dolor al suelo, donde fue golpeado. Por segunda vez le repitieron el mismo suplicio, haciendo de su traslado un auténtico vía crucis. En la prisión tuvo que soportar las heridas sin que nadie lo curase.

El 19 de agosto siguiente, junto con dos sacerdotes y un laico (su hermano) fue trasladado para ser fusilado frente del cementerio, en el sitio “las Canteras”. Él pidió ser el último, y así encomendó el alma de los demás. Los perdonó a todos y, justo antes de ser ejecutado, les dijo a sus verdugos: “los hombres sin Dios, no ganarán la guerra. Solo la sangre de los mártires ayudará al predestinado de Cristo. Viva Cristo Rey”.

ORACIÓN

Señor, concédenos ser siempre, como Manuel, testigos valientes de tu Evangelio y entregar cada día nuestra vida en servicio a nuestros hermanos. Amén.